Juan 3, versículo 16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”

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El mundo de hoy tiene una tendencia a disfrazar el pecado, a ver como "normal" esos actos que no son justos, ni bien vistos ante los ojos de Dios.
Pero ¿Qué sucede cuando dejamos que ese pecado actúe en nosotros?
Primero, cuando el pecado llega a nuestro corazón, la capacidad de amar se va acabando, ya que lleva a romper la relación del hombre con Dios, consigo mismo, con el prójimo y con la creación.
Romper la relación con Dios: se manifiesta de manera gradual, la persona:
- Deja la oración, se va alejando de la iglesia y de la oración personal, y cuando permite que el pecado siga actuando en él, va el segundo síntoma.
- La persona empieza a dudar de Dios, empieza a poner en tela de juicio el amor de Dios y su creación.
- La persona pierde la fe, ya no cree en el poder de Dios y pierde todo temor a él.
- La persona comienza a odiar la fe, ya no quiere que le hablen de nada relacionado con este tema.
- Y a medida que deja que el pecado se siga apoderando, la persona comienza a perseguir la fe, ya no le basta con odiarla, sino que ahora persigue, burla y crítica a todo el que profesa la fe.
- El pecado toma posesión de la persona y esta comienza a odiar a Dios.
Romper la relación consigo mismo: cuando se deja actuar el pecado, la persona entra en una crisis personal, que también se manifiesta de manera gradual.
- La persona ya no se halla, nada de lo que tiene o ha logrado lo hace verdaderamente feliz.
- La persona comienza a sentirse indigna, lo que la hace alejarse cada vez más de la Iglesia.
- La persona pierde el control de sí misma, llega a un punto en el que no puede controlar sus actos.
- La persona se convierte en víctima de las pasiones y de los vicios.
- Y finalmente, cuando ya se ha dejado actuar tanto el pecado, la persona comienza a odiarse, a odiar su propia vida, su cuerpo y su existencia.
Rompimiento con el prójimo: es uno de los rompimientos que causan más daño, especialmente a la familia. También se manifiesta gradualmente, a medida que dejamos actuar el pecado.
- Ya no queremos ver al otro, sentimos cierto repudio hacia los demás, especialmente, sino actúa como uno quiere.
- Alegrarse del fracaso de los demás, celebrar esos malos momentos que pasan los otros y utilizar frases como "se lo tenía bien merecido"
- Desear el mal al otro, ya no solo se alegra del mal, sino que además desea ese mal para el otro.
- Quiere que el otro no exista, incluso le desea la muerte.
- Y cuando dejamos que el pecado actúe tanto en nosotros, llega el momento en que acabamos con la vida del otro.
Romper la relación con la creación: cuando dejamos actuar el pecado, perdemos todo respeto a la naturaleza, al medio ambiente, a los animales y a esa fuente de vida que nos dio Dios en la creación.
Existen varias categorías del pecado:
- De ignorancia: son aquellos que cometemos sin saber que es pecado. Son muy frecuentes los de pensamiento.
- De fragilidad: cuando no se tiene la fortaleza para no caer en ellos.
- De frialdad e indiferencia: la persona es plenamente consiente de que lo que va a hacer es pecado, pero no renuncia y lo hace.
- Obstinación y malicia: venias, crímenes y desordenes con plena consciencia de que es contra Dios.
El pecado nos enferma: cuando dejamos que actúe en nosotros, se enferma el el espíritu, la mente, la voluntad, los sentimientos, el alma y el cuerpo.
Nos promete felicidad, pero lo único que nos da es tristeza, enfermedad y nos quita la capacidad de amar con el corazón. Pidamos a Dios que no permita que el pecado actúe en nosotros y que siempre seamos capaces de combatirlo y salir victoriosos.
Juan 3, versículo 10-11: Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni Yo te condeno; vete, y no peques más”
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